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lunes, 16 de septiembre de 2013

LA EXTRAORDINARIA AMBIGÜEDAD DE MONS. FELLAY O CÓMO EL DOBLE PENSAR SE IMPUSO SUTILMENTE EN LA FSSPX

SYLLABUS



Pongamos un solo ejemplo, y de vieja data, acerca de este tema. Entrevista a Mons. Fellay aparecida en octubre de 2001, en la revista Tradición Católica Nº 169, tomada de la revista francesa “Pacte”.

Publicamos primero un fragmento de la entrevista y después nuestros comentarios:

“En esos momentos es muy difícil saber exactamente dónde nos habría llevado la firma de tales acuerdos. Una cosa es cierta: había toda una serie de elementos externos que no eran favorables para llevar a término un acuerdo rápido, sin precaución alguna. Estos elementos, conocidos por todos nosotros, son, en primer lugar, la forma en que Roma se ha comportado con la Hermandad de San Pedro imponiéndoles, como un principio, la celebración de la Nueva Misa, y esto en contra de las constituciones y quebrantando el derecho que Roma había concedido hace diez años a esta institución religiosa. Por lo demás hay algunos sacerdotes de la Hermandad de San Pedro que han venido a vernos para decirnos: no acepten la solución propuesta, no firmen nada, sería su ruina…Además nos hemos dado cuenta enseguida de la reacción habida en cierto número de obispos y cardenales: estaban furiosos, hasta el punto de haber amenazado a algunos (me refiero a obispos franceses) con la desobediencia a Roma…
No es cualquier cosa: Francia, mediante la intervención de un Cardenal, amenazando abiertamente con desobedecer a Roma… ¿Qué reacción habría tenido Roma? Se habría formado un tremendo combate que nosotros no habríamos podido hacerle frente sin el apoyo incondicional de Roma. Con este espíritu hemos propuesto previamente dos cuestiones que para nosotros constituían dos signos inequívocos del apoyo de Roma. No se trataba en realidad, como se ha escrito en varias partes, de dos condiciones: ¡un católico no puede condicionar en manera alguna a Roma! No, se trataba de obtener, en esa batalla que no iba a faltar, un signo claro de la adhesión de Roma a la Tradición.
Así pues hemos solicitado estas dos peticiones; por una parte el levantamiento de la excomunión y por otra la posibilidad, para todos los sacerdotes de rito latino, sin distinción, de celebrar la Misa tradicional…Creo que estas dos decisiones eran de tal categoría que hubieran provocado un verdadero cambio de espíritu en la Iglesia universal”.

Vemos un ejemplo claro de, o estupidez, o traición. Porque, primero admite Mons. Fellay que Roma engañó a la Fraternidad San Pedro, traicionando lo acordado. Incluso los mismos sacerdotes de esa Fraternidad le fueron a decir que sería la ruina de la FSSPX un acuerdo con Roma. También había ocurrido aquello con los sacerdotes de Campos. La misma FSSPX había publicado una carta del P. Rifán –que después también caería en las garras de los modernistas romanos- a Dom Gérard del 3 de julio de 1988, donde aquel decía:
“Al estudiar detalladamente el caso de Mons. Lefebvre, comprobé la verdadera celada en que procuran envolverlo. Ellos no son sinceros.
Se lo demostrarán: luego, después de firmar el protocolo, querrán más: que reconozcan los errores doctrinarios que «cometemos», la celebración de una misa nueva, etc.
“Veamos lo que pasó con Dom Agustín: empezó separándose de nosotros.
¡Ahora ya está dando la comunión en la mano! El camino está abierto. Comenzó queriendo apenas la legalidad. Después tuvo que recibir al Obispo para celebrar misa en el Monasterio. ¡Terminó con la comunión en la mano!”
“Queridísimo Dom Gérard, el amor que le tenemos al Monasterio nos lleva a pedirle que no haga acuerdos con quien no quiere el bien de la Iglesia. El Cardenal Gagnon declaró que la táctica actual del Vaticano será tratar bien a los Tradicionalistas con el fin de separarlos de Monseñor Lefebvre”.
“No sé por qué su empeño en defender la libertad religiosa del Concilio, haciendo una exégesis tradicional del texto, si la propia Roma lo interpreta en el sentido de Asís. Por los frutos se conoce al árbol: el árbol malo no puede dar frutos buenos”.
“Es preciso reconocer que estamos peleando con Modernistas y con un Concilio Modernista”.

Pero a pesar de tener presentes estos antecedentes de que no se podía confiar en los modernistas romanos, ¿qué hace Mons. Fellay? Decide buscar la confianza de Roma ¡cuando ésta ha demostrado ser indigna de ella! Y entonces solicita lo que para él serían “dos signos inequívocos del apoyo de Roma”que signifiquen “un signo claro de la adhesión de Roma a la Tradición”. ¿Les pide acaso que renuncien al modernismo, que rechacen la Misa nueva, que abjuren del ecumenismo, etc? No. Para Mons. Fellay un “signo claro de la adhesión de Roma a la Tradición” sería dar libertad completa a la Misa tridentina…a la par de la Misa nueva. ¿Acaso un adormecimiento general de la FSSPX no puede explicar que no haya sido escandalosa esta propuesta y esta formulación liberal del Superior general?
Además, Mons. Fellay dice que “estas dos decisiones eran de tal categoría que hubieran provocado un verdadero cambio de espíritu en la Iglesia universal” (la libertad de la misa tradicional y el levantamiento de las excomuniones-atención, no habla allí de “anulación o retiro del decreto” que es otra cosa-).

Resultado: los criminales modernistas engañaron también a la FSSPX y esas falsas medidas “tradicionales” –aceptadas por Mons. Fellay y su pandilla- ¿provocaron un cambio de espíritu en la Iglesia?

El lector ya conoce la respuesta. Monseñor Fellay también. Pero no hay mea culpa. Por el contrario, Mons. Fellay continuó –con la complicidad general- con sus tratativas y diálogos llegando a amonestar a los otros tres obispos porque no confiaban como él en Roma y en el Papa Benedicto, ¡tan íntegro!, el cual hizo todo lo posible por hacer caer en la trampa a la Fraternidad, sin renegar un ápice de su modernismo (basta citar el nombramiento de Ludwig Müller como Prefecto para la Congregación de la Fe).

La entrevista citada, así como todas las disponibles o los diferentes documentos emitidos por la comandancia general de la FSSPX durante todos estos años, dan muestras de estas contradicciones, de este criticar en una respuesta duramente a Roma y el Concilio, para, dos respuestas más adelante, decir que hay que seguir dialogando y con las puertas abiertas, etc, etc. Este método ambiguo, diríase discreto, superficialmente tradicional pero profundamente liberal, es el que ha imperado y el que traicionó la causa de Mons. Lefebvre, llevando a la destrucción de su obra.

Casi todos nosotros fuimos culpables de nuestras distracciones, por entregar una confianza ciega, descuidada o idiota a nuestros superiores. Aprendida la lección, ya no podemos descuidarnos, ya no podemos dejar de vigilar porque el enemigo es sutil e incansable. Continuemos el combate con la gracia de Dios y la única actitud deseable para el católico, la única que lo hará sobrevivir las trampas del enemigo: el integrismo. Es decir, el amor a la verdad y el odio al error.